Ponencia marco: "Lo que cuesta ser hombre: los riesgos de la masculinidad"
"Lo que cuesta ser hombre: los riesgos de la masculinidad"
María Jesús Izquierdo Benito
La crítica del sexismo ha ido acompañada de una narración en que se perfila a las mujeres como objeto de opresión, asignando a los hombres el papel de sujetos opresores. Esa definición de las mujeres como sujeto pasivo, favorece que a los hombres se les conciba como sujeto: opresor y responsable de eliminar la opresión. Pero una cosa es afirmar que las relaciones entre las mujeres y los hombres son de opresión, y otra bien distinta es suponer que la posición hombre sea únicamente la de sujeto y la posición mujer sea únicamente la de objeto o sujeto pasivo. Necesitamos completar el análisis invirtiendo los términos sujeto/objeto.
Por otra parte, se espera que los hombres adopten un papel activo en la pérdida de los privilegios que les reporta el sexismo. Subyace el supuesto de que son aspiraciones morales las que les movilizan. Sin embargo, los intereses también son móviles que les pueden orientar a eliminar el sexismo. Ser hombre no sólo reporta beneficios sino que cuesta. La posición social del hombre va acompañada del extrañamiento de los hijos e hijas y de una sobrecarga de responsabilidad por el mantenimiento de la familia.
Fundar una familia es apropiarse de un patrimonio, pero si se separan de la mujer, chocan con otra cara de la realidad, la privación de algo que al casarse consideraban suyo. El sexismo les corona como padres y patrones de un hogar del que se les destrona si no mantienen a su lado a la mujer. Una segunda paradoja: la defensa del sexismo los sitúa como sujetos bajo sospecha de unas condiciones que les han venido dadas. El poder sólo se mantiene si se ejerce dentro de ciertos límites, y el mantenimiento del sexismo exige que ningún hombre los traspase. Por eso, el hombre es el rey y también se siente acorralado como una bestia peligrosa. ¿Es posible desprenderse de ese peso/privilegio sin renunciar a amar y ser amado? ¿Es posible amar y ser amado sin renunciar a ese peso/privilegio? Esas son dos grandes cuestiones que se le abren al hombre.
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Dña. Mª Jesus Izquierdo Benito
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Ponencia marco: "Construcción de la masculinidad y relaciones de género"
Construcción de la masculinidad y relaciones de género"
Luis Bonino Mendez
La masculinidad es una arbitraria construcción social resultante de la organización patriarcal y de dominio masculino en las relaciones de género. Con variaciones, pero persistente, está compuesta por un conjunto de valores, definiciones, creencias y significados sobre el ser/deber ser (y no ser) varón, pero sobre todo, de su estatus en relación a las mujeres. .
Comprender que, más allá de los mandatos de identidad, lo que la masculinidad impone a los varones es un lugar existencial de sujeto pleno, a expensas de no asegurarlo a las mujeres, es, desde nuestro punto de vista algo fundamental para comprender los caminos y urgencias del cambio hacia un mundo mas justo y humano. Si pensamos ese cambio desde una perspectiva de género, caminar hacia formas más equitativas y saludables de relación, supone –si nos centramos en el polo masculino-, priorizar la tarea de transformar aquellos aspectos de la masculinidad y de la vida de los varones que perpetúan el hecho de que las mujeres vivan hoy en el mundo discriminadas, con menos posibilidades y menor legitimación como ciudadanas .
Intentar aligerar a los varones de los costes del ejercicio de su propia masculinidad no deja de ser una tarea importante para su bienestar, pero no asegura ninguna transformación de la desigualdad genérica, invisibiliza la acción destructora que ese ejercicio ejerce sobre el colectivo femenino, y sobre todo coarta caminos imprescindibles a recorrer para lograr un pacto intergenérico democrático
Para ampliar estas cuestiones, la ponencia se centrará en reconstruir la complejidad de la masculinidad hegemónica, para luego describir cómo la introducción de la óptica de las relaciones de género –y no solo lo identitario- permite develar mejor el impacto que la masculinidad tiene en la vida de mujeres y varones, cómo y por qué las mujeres la pasan peor, y cómo abordar el autoconocimiento y el cambio masculino en términos de caminos hacia la igualdad.
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Panel I: Salud y Cuidados
Ponencia: "Hombres que se cuidan, hombres que cuidan, hombres que son cuidados"
Hombres que se cuidan, hombres que cuidan, hombres que son cuidados
Benno de Keijzer
En esta ponencia se aborda la interfase entre la construcción de género en los hombres y el campo de la salud tanto en el análisis de las consecuencias como en el de las potencialidades. El proceso salud/enfermedad/atención de los hombres permanece relativamente invisible en los estudios de la salud desde una perspectiva de género a pesar de muchas graves y costosas consecuencias directas e indirectas en la salud tanto de los hombres como de las mujeres.
Los servicios de salud en América Latina aún no terminan de salir de la inercia del paradigma “maternoinfantil” en sus programas, lo cual no permite ver e impulsar la participación masculina desde aspectos tan concretos como la planificación familiar (ahora salud reproductiva) hasta programas de enfermedades crónicas, de salud mental o de promoción de la salud y mucho menos incorporar a los hombres en el cuidado de la salud infantil. En nuestra cultura la palabra “cuidado” sigue teniendo una connotación femenina y poco prestigiosa para muchos hombres.
Si bien hay esfuerzos oficiales dirigidos a trabajar cada vez mas desde una perspectiva de género con hombres de distintas edades, estos esfuerzos están atomizados en programas de prevención del VIH (con énfasis en HSH) o del uso de substancias prohibidas y en algún modelo de trabajo con hombres agresores. No se toma en cuenta que – tomando estos tres ejemplos - estos problemas están articulados entre sí y que un hombre envuelto en una relación con violencia hacia su pareja/familia con frecuencia abusa de substancias y probablemente no tiene mucho cuidado/auto cuidado en cuanto a su sexualidad y reproductividad. En el contexto Latinoamericano es desde la sociedad civil donde surgen las propuestas mas integrales e interesantes en el trabajo con hombres.
En esta presentación se profundiza en tres aspectos:
- Las lecciones aprendidas en el trabajo en salud con hombres adultos y jóvenes en los últimos 20 años en México y otros países del continente.
- Algunas de las pistas que contribuyen a pensar el cambio en los hombres a partir de un estudio cualitativo desarrollado en México.
- Propuestas para políticas y programas con una mirada relacional que incorporen tanto a mujeres como hombres en el campo de la salud.
Lola Ferreiro Díaz
Consideraremos la feminidad y la masculinidad como dos modelos de funcionamiento personal que implican dos estilos de sentir, pensar y actuar, y que afectan a las relaciones que establecemos con nosotras mismas y con las demás.
La autoagresividad y la abnegación femeninas, frente a la heteroagresividad y el egocentrismo masculinos son, además de las claves que condicionan la desigualdad, dos de los elementos que influyen decisivamente en la salud.
Así, la autoagresividad se relaciona con la aparición de diversos cuadros psicosomáticos, como expresión de la tensión acumulada y la abnegación induce la falta del autocuidado, para volcarse en el cuidado de las demás personas. Por su parte, la heteroagresividad y el egocentrismo, que inducen a aceptar... e incluso a exigir los cuidados proporcionados desde la abnegación, dificultan o impiden que se asuma la responsabilidad necesaria para actuar teniendo en cuenta las consecuencias de los propios actos.
El ámbito sexual resulta particularmente afectado por las actitudes de género. La obtención de la satisfacción está comprometida: en lo femenino por la tendencia a supeditarla a la de las demás personas, llegando incluso a la inhibición del propio deseo, y en lo masculino por la validación de la virilidad a través del ejercicio de la sexualidad y la identificación de la satisfacción de la otra persona con su propia “potencia”.
Por otra parte, el miedo a no responder adecuadamente a las expectativas subjetivamente atribuidas a la otra persona, compromete aún más la libertad para decidir y actuar, y limita la posibilidad de actuación responsable. Así, la exposición al riesgo resulta prácticamente inevitable, en la medida en que dicho miedo es subjetivamente más importante que las consecuencias de las prácticas sexuales sin protección.
Todo esto es en gran medida inconsciente, lo que dificulta su abordaje por los procedimientos clásicos de información sanitaria e incluso por los centrados exclusivamente en el entrenamiento en habilidades sociales.
Si además tenemos en cuenta que el ámbito de la sexualidad está sujeto a toda una serie de tabúes culturales, que implican un bloqueo para su autoexploración y expresión, podemos indicar que sólo una intervención coeducativa integral, que aborde simultáneamente los tres elementos actitudinales (afectivo, cognitivo y conductual), puede resultar efectiva para prevenir las consecuencias de las prácticas de riesgo y para mejorar el nivel de salud, aumentando la satisfacción que produce el disfrute de una sexualidad deseada y libre.
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Panel II: Juventud, Ocio y Riesgo
Ponencia: "Aprendiendo a ser hombre: modelos y conductas de riesgo"
Aprendiendo a ser hombre: modelos y conductas de riesgo
Richard de Visser
Para poder abordar el problema del consumo excesivo de alcohol entre los hombres jóvenes, debemos entender por qué algunos hombres beben en exceso y otros no. El objetivo de este estudio cualitativo era identificar de qué manera los modelos de consumo de alcohol entre los hombres jóvenes están relacionados con sus creencias sobre la masculinidad, así como la importancia que tiene la bebida sobre su identidad masculina. Se llevaron a cabo treinta y un entrevistas individuales y cinco grupos de discusión con una muestra de hombres de distintos sectores étnicos y socioeconómicos, de entre 18 y 21 años y residentes en Londres, Inglaterra. El análisis reveló distintas asociaciones entre la masculinidad y el consumo de alcohol. Algunos hombres - una minoría- rechazaron cualquier relación entre masculinidad y consumo de alcohol y subrayaron la importancia de otros comportamientos en la identidad masculina. Un segundo grupo de hombres consideró que el consumo de alcohol es una marca de masculinidad y por lo tanto valoraron el consumo excesivo de alcohol como una parte importante de su comportamiento. Un tercer grupo aceptó una relación entre la masculinidad y el consumo de alcohol, pero destacó que a los hombres les era posible resistir la presión de tener que beber de ese modo “masculino” si ya contaban con “reconocimiento” acumulado de su competencia en otros campos “masculinos” tales como el deporte. Los resultados muestran que, aunque muchos hombres creen que beber mucho es un comportamiento masculino significativo, las relaciones entre masculinidad y comportamientos sociales relacionados con la salud tales como la bebida no son sencillas. Descubrir que los hombres pueden comerciar con el “reconocimiento” masculino sugiere la importancia de encontrar la manera de ayudar a los hombres jóvenes a desarrollar identidades masculinas que no impliquen el consumo excesivo de alcohol y los perjuicios que conlleva.
Benilde Vázquez Gómez
La lucha por la igualdad entre los sexos se ha venido centrando hace décadas en el análisis y ruptura de los estereotipos femeninos dominantes y del rol que las mujeres han venido desempeñando en la sociedad; sin embargo, la experiencia de los últimos años demuestra que no es suficiente el cambio en las mujeres sino va acompañado de la modificación de los estereotipos masculinos.
En una primera etapa los movimientos feministas buscaron la igualdad mimetizando los comportamientos masculinos con lo que paradójicamente se vino a reforzar el mayor valor social de lo masculino, suficientemente acuñado en nuestra historia.
¿En qué se apoya este mayor valor social? ¿Cómo se ha construido esta identidad masculina, que supone para el hombre no solo un superior valor físico sino también mental? ¿Con qué elementos se configura?
En esta ponencia analizaremos, si bien sucintamente, como uno de esos instrumentos es el deporte, una manifestación de la actividad humana en la que se ponen en juego muchos de los rasgos de la identidad masculina dominante: fortaleza física, agresividad, competitividad, protagonismo, liderazgo, etc.
Las estrechas relaciones entre deporte y masculinidad se evidencian históricamente , tanto en sus orígenes en la Grecia clásica, como en el deporte contemporáneo Al refuerzo de la masculinidad en los enfrentamientos guerreros tan frecuentes a lo largo de la historia se añaden los enfrentamientos o competiciones deportivas contemporáneas. Las identificaciones aludidas, dificultaron o impidieron la participación de la mujer en el deporte, especialmente en algunos, hasta muy recientemente, o todavía hoy en numerosos medios sociales.
Por supuesto estas relaciones o asociaciones son aprendidas muy tempranamente y muy profundamente desde las diversas manifestaciones de la socialización más temprana y en las primeras edades: en la familia ante todo, luego en la escuela y siempre a través de los demás agentes socializadores, directos o indirectos. Esta es la razón de la dificultad de eliminar estas concepciones y llegar a considerar muchos deportes como actividades poco dignas para las mujeres. .
Por el mismo tipo y profundidad de razones, los niños desarrollan antes, o lo hacen ellos solos, el interés y aproximación al deporte y su práctica, al identificarse normalmente con el padre, que es la encarnación de los valores viriles que han ido unidos al deporte y su práctica. El caso de las niñas ha sido y sigue en buena medida siendo el caso opuesto, ya que la identificación con la madre le ha apartado de esos valores e intereses.
El deporte permite a los niños y adolescentes afrontar conductas de riesgo y un cierto grado de agresividad o violencia normalizada que no sería aceptable en la vida normal. En base a esto la discusión básica debe ser: ¿Es bueno el deporte para la construcción de una nueva masculinidad? ¿Es deseable el aprendizaje de conductas violentas que vendrían a reforzar la agresividad y el dominio físico como señas de identidad del estereotipo masculino?
Para muchos sociólogos la competición deportiva es el eufemismo con que se re presenta la violencia social en las sociedades modernas. En este sentido el deporte vendría a ser un instrumento de canalización de la alta agresividad, individual y social que la sociedad actual genera, aunque, evidentemente, el deporte mismo también puede generar actos violentos sobre todo en los grandes espectáculos deportivos, que se difunden socialmente..
El objetivo de la enseñanza deportiva debe centrarse más en el control de esa agresividad y otras conductas desviadas, así como en el refuerzo de otros comportamientos, que siendo necesarias en el deporte, como la cooperación, el esfuerzo, el espíritu de sacrificio, el control de la angustia, etc., son deseables en el. ámbito social.
Se comprende, pues, que mediante el deporte se puede también fomentar y difundir actitudes, valores y conductas de los considerados propiamente femeninos. Por eso creo que el deporte, como una más de las actividades humanas, no tiene sexo.
Beatriz Moral Ledesma
En esta ponencia analizaremos algunos factores socioculturales que podrían explicar la mayor siniestralidad vial de los hombres. Para este análisis nos basamos en la idea de que el actual modelo de masculinidad imperante induce a muchos hombres a adoptar estilos de conducción temeraria. Los vehículos a motor representan una serie de valores afines a los de este modelo de masculinidad, de manera que se convierte en uno de los medios más adecuados para su expresión
Los vehículos a motor y la manera en que éstos se utilizan se asocian a una serie de connotaciones simbólicas útiles para la construcción y demostración de la identidad masculina. Su conducción temeraria es una de estas maneras de utilizarlos y que representa, a nuestro modo de ver, una de las formas más peligrosas, normalizadas y generalizadas de demostrar la virilidad.
Con ello no queremos decir que todos los hombres sean conductores temerarios, puesto que no todos responden de la misma manera al modelo hegemónico de masculinidad. Pero no es menos cierto que la gran mayoría de los conductores temerarios son varones, algo que requiere una explicación urgente que pueda ayudarnos a entender y a atajar el actual nivel de siniestralidad vial.
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Panel III: Gestión del Dinero
Ponencia: "Gestión del dinero en nuestras vidas cotidianas: ganamos, gastamos, invertimos, tributamos"
Gestión del dinero en nuestras vidas cotidianas: ganamos, gastamos, invertimos, tributamos
Capitolina Díaz Martínez
Este artículo se ocupa de la relación de las parejas con el dinero y su gestión, observando la pervivencia de construcciones “conyugales” inscritas en formas tradicionales implicando una cierta “identidad masculina”. Se refiere tanto a la base de lazos afectivos como a los componentes materiales en la provisión, valoración de roles y gestión de recursos en el seno de las familias y parejas constituidas.
Si bien se observan cambios respecto de los roles de género, dominios y acciones, la transición acontece en medio de fuertes cambios en los mercados económicos, locales y globales. Dichos factores de cambio operan a la vez con impactos variables en el acceso a la vivienda y al trabajo, pautas de natalidad, etc. que recortan las posibilidades de individuación y autonomía de las personas respecto a roles que limitan su potencial y son fuente de conflictos y de velados resentimientos entre los miembros de la pareja y sus espacios de convivencia.
Destacan trasfondos culturales que privilegian cierto tipo de relaciones familiares como centrales en el conjunto de las relaciones sociales. Así, la familia es tanto el principal recurso para el cuidado hospitalario, como fuente financiera y de avales bancarios. También se observa en nuestro país falta de movilidad en los hijos varones emancipados, y en parejas jóvenes que buscan no distanciarse mucho de la familia de origen.
Resulta algo opaco observar, en los ámbitos privados, la pervivencia de mandatos masculinos de “necesaria” reafirmación en el ejercicio de ciertos poderes por parte de los varones. La investigación en que se apoya este artículo parece revelar que nos encontramos con patrones de socialización recursivos re-produciendo roles de género tradicionales ahora inscriptos en el marco definido por las nuevas demandas sociales, culturales y económicas.
María Pazos Morán.
El comportamiento diferencial de hombres y mujeres en la pareja es objeto de gran atención por parte de la investigación feminista. Numerosos estudios nos muestran que, aún en los casos en que se vuelven las tornas de las circunstancias materiales (por ejemplo cuando ellas ganan más que ellos), el comportamiento de mujeres y hombres se sigue ajustando a los roles de género tradicionales. Es éste un fenómeno importante de conocer en toda su amplitud, profundidad y variabilidad.
A la vista de las evidencias parece que, en las distintas circunstancias, países y periodos, la dominación se mantiene. Estos resultados suscitan mucho interés, sobre todo en ambientes en los que aún nos encontramos en la fase de la negación del problema. En España, cuando aún no se ha superado completamente el debate sobre si las mujeres estaban discriminadas o no, sobre si existía la violencia de género o no, etc., muchas voces se alzan para decir que el feminismo es algo pasado de moda porque ‘ya somos iguales’. Este negacionismo recurrente es uno de los mecanismos más elementales de resistencia al cambio. En este contexto, es explicable que muchas feministas tiendan a poner el acento en que el problema existe y continúa (discusión a varias bandas, por un lado con los de siempre y por otro con las corrientes feministas que dudan de la pervivencia del patriarcado.- ¿o es la misma banda?).
Pero ese debate sobre la permanencia o el cambio del orden sexual, de cuya esterilidad nos advierte Bourdieu en ‘La Dominación Masculina’, encierra dos peligros: en primer lugar, es un debate falso en la medida en que también algo cambia y esos cambios son del mayor interés. De hecho, un indicio de cambio es la superación misma de este debate: curiosamente, en los países donde el estatus de las mujeres es más avanzado, como Suecia, la mayoría de los partidos políticos se declaran feministas, lo que indica que reconocen la pervivencia de la dominación patriarcal, llámenla como la llamen. Los movimientos feministas suecos, por su parte, no necesitan emplearse en constatar la dominación sino que se concentran en avanzar reivindicaciones políticas. Por el contrario, en países con más desigualdad de género prenden más las posturas extremas según las cuales las mujeres estarían invariablemente oprimidas y no podrían integrarse en el mundo tal como está, posturas que conducen muchas veces al abandono de las reivindicaciones políticas (la única solución sería el ‘cambio de paradigma’) y a una resistencia reducida a actos individuales o rupturas heroicas de la vida cotidiana, acompañados a veces de la opción por una cierta guetificación. Estas rupturas heroicas, con ser respetables como opciones personales, exigen sin duda demasiado para un resultado demasiado pequeño y demasiado inseguro (Bourdieu, obra citada).
El segundo peligro del enrocamiento en el debate sobre la permanencia o el cambio, aparte de la pérdida de energías y tiempo, es el de que, a fuerza de insistir en la permanencia, podemos paradójicamente contribuir a presentar lo arbitrario como inevitable, o lo que Bourdieu llama ‘naturalización de lo arbitrario’ o ‘deshistorización y eternización relativas de las estructuras de la división sexual y de los principios de división correspondientes’. Es decir, una vez más alimentaríamos la imagen de que las mujeres son ‘diferentes’, ergo no hay remedio.
El tema relevante, puesto que el patriarcado no es algo ‘natural’ sino una construcción social arbitraria, es el de cuáles son los mecanismos por los que se perpetúa con tal aparente ‘naturalidad’. Y esta pregunta tiene dos apartados diferentes: En primer lugar, cuáles son los elementos que nos impiden despegar del orden establecido y cuáles los elementos potenciadores del cambio. En segundo lugar, cuál es el papel específico de las instituciones y de las políticas públicas (y consecuentemente del presupuesto público) en estos procesos. En todo caso, se trata de comprender la naturaleza misma del fenómeno, distinguiendo cuidadosamente la realidad de la representación engañosa: no podemos olvidar que, en lo que se refiere al comportamiento de las mujeres, se realizan frecuentemente afirmaciones gratuitas disfrazadas de hechos objetivos. Por ello, merece la pena detenernos en algunas de esas afirmaciones y en sus consecuencias. A ello se le dedica el apartado 2. El apartado 3 trata de descifrar los factores institucionales de permanencia, y en particular el papel del sistema de impuestos y prestaciones en la configuración del modelo de familia de sustentador masculino y esposa dependiente. El apartado 4 analiza las respuestas de las mujeres ante la falta de alternativas en el modelo tradicional y cómo el modelo de sociedad de sustentadores/cuidadores en igualdad es la vía para resolver las disyuntivas entre vida profesional y vida familiar, aumentando las oportunidades de las mujeres y su poder negociador en la pareja. Finalmente, el apartado 5 se dedica a las conclusiones, avanzando una lista (no exhaustiva) de reformas que necesitarían llevarse a cabo en España para avanzar hacia el modelo de sociedad de sustentadores/cuidadores en igualdad.
Conclusiones y propuestas de acción
La sujeción de las mujeres al orden patriarcal está apoyada por múltiples mecanismos, entre los que se cuentan la socialización en los roles de género desde el nacimiento; las instituciones educativas, los medios de comunicación, la industria de la moda, la configuración de los sistemas de impuestos y prestaciones, el tratamiento por parte de los poderes públicos del deporte masculino, de la prostitución, de los eventos culturales, etc.
En este contexto, los comportamientos privados de mujeres y hombres no solamente están determinados por su situación económica, su socialización y sus deseos personales, sino por las alternativas que se les ofrecen. Las políticas públicas influyen en las decisiones de las personas proporcionando la posibilidad o los incentivos para unas u otras actuaciones. Es más, esta influencia no solamente consiste en un conjunto inconexo de incentivos y estímulos para cada situación concreta, sino que su efecto se extiende más allá de la circunstancia e incluso más allá de la población afectada. En política social, las medidas que fomentan la división sexual del trabajo afectan a todas las mujeres, pues tienen consecuencias sobre el comportamiento de los empresarios, de los hombres y de las mujeres, configurando unas normas que convierten a las mujeres independientes en singularidades condenadas socialmente.
Hay evidencias de que el modelo de sociedad determina el poder de negociación de las mujeres. En los países donde el modelo de sociedad es el de sustentador masculino y esposa dependiente, tiende a darse una distribución bimodal, con un sector de mujeres solas sin hijos/as (o divorciadas con un hijo) y otras con hijos en familias con pautas de comportamiento tradicionales. Es muy difícil encontrar hombres con comportamientos igualitarios en estas sociedades. Sin embargo, en países más cercanos al modelo de sociedad de sustentadores/cuidadores en igualdad, como Suecia o Dinamarca, las mujeres consiguen más fácilmente la implicación de los hombres y están menos sometidas. En definitiva, no solamente es cuestión de la preferencia individual de las mujeres por la igualdad sino de la existencia de alternativas para practicarla.
Por todo ello, podemos concluir que las respuestas individuales son importantes pero no suficientes. Hoy ya hay experiencia acumulada para saber qué cambios son necesarios en las políticas públicas para cambiar de modelo de sociedad. Sabemos cuáles son las medidas de política social que fomentan el comportamiento igualitario en los hombres, y sabemos también qué políticas públicas fomentan la desigualdad. Sin embargo, las resistencias al cambio se enmascaran con recursos retóricos como la libertad de elección familiar. Es importante desactivar estos argumentos. Por otro lado, es importante subrayar que, como reconocen las autoridades internacionales, la igualdad no solamente es posible económicamente sino que supone un aumento de la eficiencia económica y, singularmente, es imprescindible para abordar seriamente el grave problema de la crisis de fecundidad. Afortunadamente los objetivos de igualdad coinciden con los de eficiencia económica (ver Pazos, 2007), y feministas nórdicas como Sommestad (2002) nos aconsejan utilizar estos argumentos.
Las reformas que propiciaron en Suecia un cambio de modelo de sociedad fueron posibles por una conjunción de condiciones sociales y políticas favorables. Diane Sainsbury (1999) analiza estas condiciones y subraya el papel del movimiento feminista, observando que las reformas fueron más profundas en Suecia, donde el movimiento feminista estaba muy decantado por la igualdad, que en otros países nórdicos donde el feminismo de la diferencia era más importante. En España nos encontramos en un momento histórico de cambio social en el que está pendiente la discusión de cuál debe ser la orientación de las políticas públicas. Aún no se ha asentado un modelo, lo que ofrece margen para pensar que es posible que cristalice en una reforma de nuestro sistema de organización social que apueste decididamente por la igualdad de género. Esto exigiría reorientar las prioridades del gasto público. Las reformas más importantes de la política social para situarnos en la vía de un modelo de sustentadores/cuidadores en igualdad serían:
• Permiso de paternidad intransferible e igual al de maternidad: Reforma de los permisos actuales de maternidad, paternidad y parentales y establecimiento de un permiso por nacimiento o adopción igual para cada progenitor/a, que sea intransferible, pagado al 100%, de la misma duración y con la misma parte obligatoria para cada progenitor(a) (para más información, ver http://www.nodo50.org/plataformapaternidad/ )
• Individualización total del IRPF, con la eliminación de todas las desgravaciones por esposa dependiente en la forma actual (declaración conjunta) o en cualquier otra posible.
• Que las prestaciones y/o desgravaciones para el cuidado no estén, en ningún caso, condicionadas a la inactividad laboral de la persona cuidadora. Esto implica la retirada del art. 18 del Proyecto de Ley de Dependencia y de las extensiones de las excedencias para el cuidado de la Ley de Igualdad.
• Servicio público de atención a la dependencia
• Puesta en pie de un verdadero sistema público de educación infantil de 0 a 3 años, que establezca el derecho subjetivo a plaza y garantice una atención de toda la demanda a precios asequibles para toda la población en función de su nivel de renta. Los centros deben tener horarios lo suficientemente largos y flexibles como para cubrir los horarios de trabajo, con recursos especiales para horarios laborales especiales y emergencias de trabajo coyunturales.
• Eliminación de todas las partidas del presupuesto público que supongan apoyar actuaciones no igualitarias y/o denigrantes para la imagen de las mujeres.
No se pretende aquí avanzar una lista exhaustiva de todas las reformas necesarias, sino solamente subrayar algunas medidas de política social que son claves para la configuración de un modelo de sociedad de sustentadores/cuidadores en igualdad. Este modelo no se ha alcanzado en ningún país, pues aún allí donde los gobiernos lo declaran como deseable, la implicación de los hombres en el trabajo doméstico está aún muy lejos del 50%. Ya no podemos hablar tan propiamente de división sexual del trabajo, pues las mujeres han asumido su parte del trabajo asalariado (aunque no del salario), sino más bien de no reparto del trabajo doméstico. El gran reto del feminismo del siglo XXI es el cambio del comportamiento masculino.
Aunque ya se proclama la corresponsabilidad como objetivo, no se toman las medidas adecuadas. Y es que el impulso necesario no va a venir del poder actual, predominantemente masculino. Los hombres, mayoritariamente, no tienen interés en estas reformas, lo que es comprensible. Por ello, la paridad es indispensable. Pero también es indispensable la profundización del cambio cultural que cree la demanda social. Un factor muy importante en este cambio será la asunción del objetivo de igualdad total por parte del movimiento feminista, sin dejarse embaucar por las medidas que aparentemente le dan ventajas a las mujeres pero solamente en tanto que cuidadoras; ni por las múltiples trampas que hacen aparecer como una elección de las mujeres lo que en realidad es el rechazo de los hombres hacia las tareas de cuidado.
En nuestro país se están debatiendo y produciendo cambios institucionales importantes. Hoy la sociedad española atisba la posibilidad de la igualdad y está a favor de ella, pero es necesario dar los pasos en el sentido adecuado, y ningún paso en la dirección contraria. Cuando las diferencias se sedimentan y un modelo de desigualdad se instala, es mucho más difícil reformarlo. Tenemos mucho que aprender de los aciertos y de los errores de otros países europeos que han pasado antes por una situación social como la nuestra y han realizado opciones políticas que hoy conforman sus diferentes modelos de sociedad.
Clara Coria
Desde mis primeras investigaciones sobre el dinero, que culminaron en el libro “El sexo oculto del dinero” (1986) y posteriormente en “El dinero en la pareja” (1989) se han producido muchos cambios sociales con las consecuentes modificaciones en el intercambio económico entre varones mujeres. Algunas mujeres han accedido a la administración del dinero, otras adquirieron independencia económica pero sorprendentemente no alcanzaron la autonomía y una gran mayoría perpetúa los tradicionales modelos de dependencia, a veces disimulados con aires de modernidad. Paralelamente algunos hombres presionados por los ímpetus femeninos llegaron a aceptar cierto grado de independencia económica en las mujeres. Sin embargo, deseo enfatizar que si bien es cierto que en algunos lugares (no tantos como se supone) y algunas mujeres (no tantas como los cambios sociales posibilitan) han accedido a la independencia económica e incluso a la autonomía, ello no significa que realmente se hayan modificado los modelos subjetivos de varones y mujeres con respecto al dinero. De la misma manera que el hecho de que algunos pobres hayan podido llegar a ser ricos no significa en absoluto que haya desaparecido la pobreza ni tampoco que hayan logrado incorporar los nuevos beneficios económicos con criterios más solidarios que los aprendidos y sufridos durante siglos en su calidad de pobres. Los finales del segundo milenio fueron testigos de los logros obtenidos por mujeres en pos de abrir caminos hacia la adquisición del dinero -y con ello hacia la independencia económica- sin embargo los comienzos del tercer milenio las encuentran aún, y a pesar de los adelantos indiscutibles, envueltas en conflictos no resueltos así como también a los varones en conflicto con las nuevas propuestas de distribución del poder.
Cualquiera sea el nivel de autonomía alcanzado por las mujeres a título personal sigue persistiendo en el orden mundial una clara hegemonía masculina que se expresa tanto en la distribución concreta del dinero como en los modelos incorporados de manera inconsciente en la subjetividad de mujeres y varones. Estos modelos circulan en el inconsciente colectivo y se van incorporando junto con la identidad de género sexual. A este fenómeno inconsciente lo denominé “sexuación del dinero”. Esto significa que el dinero en nuestra sociedad esta asignado de manera inconsciente al varón y asociado a su potencia sexual, convirtiéndose casi en un indicador de identidad sexual masculina. Dicha sexuación sigue vigente a pesar de los muchos cambios legales y sociales conseguidos porque la misma está instalada en el psiquismo y responde a concepciones muy arcaicas que por el hecho de permanecer inconscientes son inmunes a los cambios. La sexuación del dinero lleva incorporada la idea de que “el dinero es cosa de hombres” y ello perpetúa múltiples y variadas dependencias femeninas así como también temores y angustias masculinas. Tanto las dependencias como los temores (ambos generalmente inconscientes) generan síntomas que se incorporan a la vida cotidiana a través de comportamientos hostiles más o menos velados. Las violencias que a menudo atraviesan las mujeres generan contraviolencias (hacia otros o vueltas contra si mismas) que las dejan aún mas vulnerables, y las que atraviesan los varones (ya sea por reacción de las mujeres o por presiones sociales) potencian las luchas por el poder que llegan a adquirir visos desgarradores.
En esta oportunidad presentaré algunos de los aspectos que adopta la sexuación del dinero, los conflictos clave en mujeres y varones, como así también algunas de las complejidades que es posible comprobar en la vida cotidiana, tanto doméstica como pública.
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Panel IV: Violencia y Criminalidad
Ponencia: "La agresividad y el dominio como marca de masculinidad"
La agresividad y el dominio como marca de masculinidad
Tamar Pitch
La seguridad urbana se ha convertido en un de los principales asuntos de las políticas y discursos retóricos tanto a nivel local como nacional en la mayoría de los países europeos. Sin embargo, el modo en que estas políticas y discursos se argumentan, y, a menudo, se implementan, no tiene en cuenta que la población urbana se compone tanto de mujeres como de hombres, y que existen grandes diferencias en el modo en el que ambos perciben y viven los temas de seguridad. Para indicar las principales: son los hombres los que victimizan a las mujeres, y no viceversa, y esto ocurre más en la seguridad de los hogares y en situaciones laborales, que en espacios urbanos abiertos y públicos. Esta ponencia quiere mostrar que al contar con las percepciones y problemas de las mujeres, las políticas adoptadas deberían ser diferentes a las propugnadas: lo que las mujeres necesitan no es la esterilización del terreno urbano, sino más recursos sociales, económicos y culturales para atravesar dicho terreno con confianza.
Elena Larrauri Pijoan
"Una de las cuestiones que mayor acritud ha introducido en el debate norteamericano ha sido sin duda el descubrimiento de que ‘las mujeres también pegan’, esto ha permitido hablar de una ‘simetría’ de los malos tratos en el ámbito familiar o de pareja. Es cierto que el mayor defensor de esta tesis se ha esforzado siempre en añadir que a pesar de que los comportamientos pueden ser simétricos, el resultado no lo es (Straus, 1993; 1999).
Ello ha comportado una discusión teórica interesante para diferenciar los rasgos de la violencia ejercida por hombres y mujeres. Un resumen de diversas autoras (Loseke-Kurz, 1993; Yllo,1993; Johnson,1995; Renzetti, 1999; Strauss,1999; Daniel O’Leary,2000; Miller, 2001; Das Dasgupta, 2002; Worcester, 2002) permite considerar que la violencia ejercida por las mujeres en el seno de la familia se distingue generalmente por los siguientes indicadores:
- Su menor intensidad, esto es, aun cuando las mujeres puedan dar una tasa alta en las estadísticas que contabilizan agresiones, el daño producido suele ser muy inferior.
- Por la finalidad que la guía, parte de la violencia ejercida por mujeres es defensiva
- Por los motivos, la violencia ejercida por la mujer acostumbra a ser por un conflicto puntual y no una pretensión global de intimidar o castigar.
- Por el contexto en el que se interpreta, la violencia de la mujer no tiende a producir una sensación de temor perdurable y omnipotente, o tiende a ser más visible puesto que es una infracción de su rol como mujer, en tanto la del hombre tiende a ser minimizada puesto que puede ser vista como una reafirmación de su rol como cabeza de familia.
Como plasmar estas diferencias en las leyes penales es lo que deberia reflexionarse".
Andrés Montero Gómez
El proceso de sensibilización y concienciación sociales en violencia masculina hacia la mujer ha sido largo y continúa siendo difícil. Es muy natural que existan multitud de resistencias, que son resistencias culturales, porque la violencia es siempre un instrumento de dominación del otro, en este caso de la otra. Quien se beneficia de la dominación opondrá intransigencia a que le sea erradicada. La violencia es una conducta compleja puesta al servicio de una idea de imposición. Imaginen cualquier expresión de violencia y siempre la encontrarán relacionada con la intención, por parte del agresor, de imponer algo a la víctima, a la persona agredida. Desde la violencia legítima o ilegítima de un soldado en la batalla, hasta la contención también legítima que ejercen las autoridades en una manifestación callejera, pasando por las ilegales muestras de violencia de un atracador o un terrorista, para terminar en la violencia sostenida que puede ejercer un hombre sobre cada una de las dos millones y medio de mujeres maltratadas en España, todas ellas son instrumentaciones de fuerza para hacer que otras personas se comporten como quien ejerce la fuerza pretende que se comporten. La violencia se utiliza para imponer unas voluntades sobre otras.
En las democracias basadas en el imperio de la ley existen una condiciones tasadas que otorgan a determinados actores la facultad de ejercer violencia legítimamente. Determinadas circunstancias otorgan a los poderes públicos la legitimidad para obligar a un ciudadano o ciudadana de hacer algo por la fuerza. Esas condiciones están pactadas en la ley por todos y todas, y se supone que constituyen el mal menor al que recurrimos cuando existe algo que nos amenaza. Fuera de ellas, de esas condiciones, las violencias son ilegítimas e ilegales.
Existen dos premisas que debemos afrontar sin prejuicios si queremos comprender, de verdad, la violencia masculina hacia la mujer. La primera es que la violencia ilegítima se utiliza por personas que quieren imponer, ilegalmente, su voluntad a otras. La segunda es que la sociedad, todavía, está construida en función de códigos masculinos de poder y de dominación.
La violencia masculina hacia la mujer se asienta sobre códigos de desigualdad y asimetría intergénero que se transmiten socialmente. Los hombres han detentado y detentan el poder social, aunque actualmente bastante menos de lo que lo han venido haciendo. Tradicionalmente, los hombres hemos utilizado los medios que hemos estimado oportunos para mantener el poder, también para disputárselo a otros hombres. A las mujeres las hemos contenido por la fuerza. Lo hemos hecho también socializándolas en código masculino. A riesgo de simplificar, lo que ha ocurrido, desde hace muchos años a esta parte, ha sido que el desarrollo económico, en combinación con las guerras que íbamos desencadenando para disputarnos el poder entre hombres, han generando las condiciones para que el hombre cediera parte del poder a la mujer. Esta cesión, considerada como necesaria por el propio hombre para mantener los niveles de progreso social, ha venido impulsada por la sinergia que convergía con la propia toma de conciencia, por parte de la mujer, de su condición de ser humano, condición que ha tenido que pelear utilizando a menudo los mismos códigos masculinos implantados e inoculados socialmente. Si este planteamiento suena a feminista no es tanto porque lo sea, sino porque coincide muy ajustadamente con la realidad de una historia, la del ser humano en masculino, que el movimiento feminista, a pesar del lastre de sus luchas internas, nos ha estado recordando para subrayarnos que nos queda mucho camino para la igualdad.
Pues bien, el hombre ha cedido poder pero pretende cederlo hasta un límite. Desde luego, la violencia hacia la mujer siempre ha existido. Los hombres y la sociedad masculina siempre han considerado que cierto tipo de violencia era legítima para contener el comportamiento de la mujer. Piensen en lo que hemos tardado en aceptar y tipificar que la violación en el seno del matrimonio constituía un delito. Todo el movimiento, por cierto impulsado por mujeres y en donde los hombres hemos colaborado poquito, de visibilización del fenómeno de la violencia masculina en relaciones heterosexuales no es más que otro paso adelante para subvertir el modelo subyacente de masculinidad hegemónica. Por tanto, es muy natural que la mayoría de los hombres y muchas mujeres, aquéllas de actuar inconsciente por estar socializadas en el código hegemónico, se estén resistiendo a aceptar unas clarísimas evidencias en torno a la violencia masculina.
Existe todo un movimiento de adaptación machista que cursa en contra de la revolución destinada a subvertir los códigos de masculinidad dominante. Ahora mismo, esta contrarrevolución masculina se asienta sobre tres vectores. El más estructural es considerar que el ecosistema de igualdad ya existe y, por tanto, que las mujeres llegarán a ella por pura inercia. Lo peor de este vector no es ya su propia existencia ignorando la realidad, sino que los hombres han marcado los parámetros de esa igualdad, pues se trata de igualdad codificada en claves masculinas. La frase que lo representa, pensada por un hombre, sería algo así como: 'OK, queréis ser iguales... pues vais a ser iguales a mí, jugando con mis reglas'.
El segundo vector para contrarrestar la desmasculinización hegemónica de la sociedad es afirmar que la violencia de género es bidireccional. Actualmente hay varias investigaciones universitarias en España que están realizando trabajos de campo para obtener datos que cuantifiquen esa bidireccionalidad de la violencia heterosexual. El argumento de fondo a plantear, para desactivar todo lo logrado para erradicar la violencia masculina hacia la mujer, consistiría en postular que las agresiones del hombre son una respuesta a la violencia psicológica contra ellos ejercida por las mujeres. El machismo que detenta el poder social no dudará en presentarse como víctima del feminismo.
El tercer recurso machista, que se está cocinando entre significaciones y estadísticas, sería que la mayoría del maltrato es leve. Esta última instrumentación argumental pasa por restar suelo a los esfuerzos de la ley integral para desarmar la violencia desde su raíz. Y es que la violencia masculina es un proceso sistemático y continuo, que comienza con control y aislamiento de la mujer, para seguir siempre con violencia psicológica y luego añadir, o no, violencia física. Esta tercera tesis de la contrarrevolución masculina persigue localizar la acción antiviolencia de los poderes públicos únicamente en los casos en donde exista agresión física con resultado de lesiones, respaldadas por parte facultativo. Es decir, desmontar la penalización de la violencia masculina desde sus inicios que ha logrado la ley integral. El objetivo de fondo es retornar a un código penal, sin enfoque de género, que nos han contado que es 'neutro', puesto al servicio de la hegemonía masculina. No existe maltrato leve, sino momentos en el escalamiento de la violencia. Quien opine que una discusión no es maltrato acierta. Quien opine que insultarse en una discusión no es maltrato se equivoca. Quien opine que insultarse es leve, o empujarse o negar el afecto, o ridiculizar de manera continua al otro o a la otra son prácticas de levedad, entonces está colaborando con su opinión en dificultar el acceso social a la igualdad, porque está legitimando la violencia.
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Reflexiones finales: "Los hombres ante la igualdad, la igualdad ¿con los hombres?"
Los hombres ante la igualdad, la igualdad ¿con los hombres?
Jouni Varanka
En el contexto de la política de igualdad de género, en los últimos 20 años hemos asistido a un creciente interés por la relación de los hombres con la igualdad de género. Como resultado, contamos ahora con conclusiones acordadas internacionalmente tanto desde Naciones Unidas (CSW 2004 Comisión de la Condición Jurídica y Social de la Mujer) como desde la UE (Consejo EPSCO 2006, Empleo, Política Social, Sanidad y Consumidores). Esto quiere decir que las principales perspectivas se están institucionalizando. Sin embargo, es un tema todavía en desarrollo.
He formado parte de la redacción de un documento de estrategia nacional sobre los hombres y la política de igualdad de género para el gobierno finlandés. Basándome en éste y otros trabajos relacionados, subrayaré algunos de los retos y perspectivas de importancia estratégica para políticas de igualdad de género de carácter nacional o regional. El trabajo con los hombres y la igualdad de género deberían integrarse en el contexto de una política general de igualdad de género, tanto desde el punto de vista organizativo como de objetivos. Se necesitan más iniciativas de igualdad de género centradas en los hombres, además de en hombres y mujeres. Las dos áreas más comunes de desarrollo de iniciativas en políticas relacionadas con los hombres y la igualdad de género parecen ser la conciliación del trabajo y la vida privada, y la violencia de los hombres contra las mujeres. Sin embargo todos los temas pueden y deberían examinarse desde la perspectiva del papel que en ellos desempeñan los hombres.
La pregunta que con mayor frecuencia se formula sobre los hombres y la igualdad de género es: “¿Por qué tendrían que participar los hombres?" Examinaré la respuesta típica a esta cuestión y la desarrollaré desde la perspectiva de la política de igualdad de género. Normalmente, las razones del interés de los hombres se dividen en cuatro grupos: 1) valor ético de la igualdad; 2) beneficios de la igualdad en el conjunto de la sociedad; 3) beneficios de la igualdad en mujeres cercanas a los hombres; 4) beneficios de la igualdad en los propios hombres. Desarrollaré este argumento con dos ideas. Primero, mostraré que las medidas de las políticas de igualdad de género que tienen como objetivo principal el empoderamiento de las mujeres también benefician a muchos hombres. Segundo, las vidas y por tanto los problemas de hombres y mujeres están a menudo entrelazados en una dinámica de todos ganan o todos pierden. Pueden encontrarse buenos ejemplos de ello en el área temática de la “vida diaria”.
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